El agua es vida, pero solo si es limpia y segura.
Cuando pensamos en el agua, automáticamente la asociamos con vida, salud y bienestar. Pero, ¿es siempre así? La respuesta es no. El agua también puede convertirse en un vehículo de transmisión de infecciones, algunas muy graves y con consecuencias devastadoras.
Estas enfermedades, conocidas como enfermedades de origen hídrico, han provocado y aún provocan numerosas muertes en todo el mundo. Según la clasificación de Mara y Feachem (1999), se pueden dividir en cuatro grupos según su vía de transmisión ambiental:

Transmisión fecal-oral:
Incluye el cólera, la gastroenteritis, el tifus y la poliomielitis, así como otras enfermedades como la hepatitis viral o ciertos trastornos renales y gástricos.
Transmisión por baño o higiene:
Como las infecciones por Pseudomonas en el oído o el tracoma, responsable del 3% de los casos de ceguera mundial.
Patógenos acuáticos:
Como la Legionelosis o la esquistosomiasis, causadas por organismos que viven directamente en el agua o en hospedadores acuáticos.
Transmisión por vectores acuáticos:
Enfermedades como la malaria, la fiebre amarilla o el dengue, transmitidas por mosquitos que se reproducen en aguas estancadas.
Es cierto que muchas de estas enfermedades se concentran en zonas pobres donde el acceso a agua potable es limitado. Pero eso no significa que en otras regiones podamos relajarnos. La calidad del agua es un bien esencial que debemos proteger y mejorar en todo lugar.

La clave está en la prevención: tratamiento adecuado de las aguas residuales, protección de las fuentes naturales, mantenimiento correcto de las redes de distribución y una vigilancia sanitaria constante. De esta manera, no solo evitamos enfermedades leves como la gastroenteritis, sino también problemas mucho más graves que pueden poner en riesgo la vida.
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Alergias e intolerancias11 de septiembre del 2025


